Opinion de jorge Bruce

 

Inexorablemente, el poder ha hecho su trabajo sobre las personas que lo ocupan provisionalmente. Uno de sus efectos más perniciosos, en particular para los inexpertos, es el de hacerles creer que lo tendrán para siempre. Esta ilusión, cuando por fin comienza a desvanecerse ante las evidencias que se acumulan, suele llevarlos a acariciar sueños de permanencia indefinida. Este escenario explica en parte la atmósfera de descomposición que se percibe en el Gobierno actual. A ello se suma que el dominio de los grandes capitales se acrecienta, en proporción inversa a la irrelevancia de cada nuevo gabinete y Premier. Basta apreciar la diferencia que media entre Lerner y Cornejo, en términos de vocería y autonomía, para hacerse una idea de la evolución de este régimen.

Otro de los efectos del poder es que, menos que transformar a las personas, las revela como realmente son. La Hoja de Ruta fue eficaz en la medida que contuvo fantasmas populistas, pero al mismo tiempo engendró una colusión cada vez más descarada con los intereses de los grandes grupos económicos. Esto constituye un error gravísimo. Gobernar desde la perspectiva exclusiva de los “grandazos”, como me dijo alguna vez una ministra que, irónicamente, siempre ha trabajado para ellos, es no gobernar. El Estado tiene el mandato de compensar las enormes desigualdades que existen no solo en términos de ingresos, sino sobre todo de poder de decisión.

Es como si en un colegio el director hiciera todo en función de los más fuertes y agresivos: para ellos los mejores lugares, la mejor educación, los mejores alimentos, el mejor trato. Los más débiles irán rumiando su malestar en silencio, hasta que la situación sea insostenible: es entonces cuando las papas llegarán a esa temperatura que ninguna mano aguanta. Pero la dupla Heredia-Castilla se muestra imperturbable ante este previsible desarrollo. Otra vez el poder: su efecto de intoxicación es tal que lleva a comportamientos cada vez más arrogantes y omnipotentes, reñidos con la realidad. Ese es el punto en el que nos encontramos ahora.

Nombrar a Cornejo es un gesto político tan anodino como elocuente: no tenemos Premier. A diferencia de Villanueva, que tampoco lo era, pero esperaba que eso cambiara, hasta que le hicieron ver a golpes su función decorativa, Cornejo sabe que si es obediente y prudente, sus patrones lo recompensarán. Nos esperan años complicados. La situación económica se enfría y el Gobierno se aísla. La fantasía de que si se deja mandar a los que más tienen, pues hasta la primera dama todopoderosa sabe quién la lleva de verdad, tiene fecha de caducidad.

Gobernar es difícil precisamente por eso. Se requiere experiencia, conocimiento y principalmente el coraje de arbitrar con firmeza entre intereses que a menudo no convergen. Si hasta ahora no he mencionado al Presidente en esta nota no es por casualidad. Su papel en esta película ha ido de protagonista a secundario, y parece que el director lo está considerando para el de extra. Entiendo que no hay Óscar para ellos.

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