Juan Francisco Coloane (Chile)

Juan Francisco Coloane
“El tema siempre es otro

La crisis internacional y los dividendos no resueltos de la Segunda Guerra Mundial.
Los sucesos de Ucrania y Crimea son indicadores inequívocos de un estado de situación exhibiendo dividendos no resueltos desde la Segunda Guerra Mundial. Revelan una vez más la distancia entre los principios de la Carta de Naciones Unidas y las políticas expansivas de la Alianza Transatlántica.

Han transcurrido más de dos décadas desde el fin de la guerra fría y aun dista de ser clara la configuración de la nueva era. La fisonomía de ese nuevo orden mundial no se vislumbra y lo que predomina más bien es una marcada incertidumbre que se ve reflejada por la inacción o la precipitación por resolver complejas exigencias.

Frente a una Rusia debilitada, con una China que históricamente no ha sido expansiva, la Alianza Occidental vencedora de la guerra fría no ha sabido qué hacer con todo el espacio poder a su disposición. Los resultados son paupérrimos. No es claro si es un problema de fondo ideológico en la reconstrucción del sistema capitalista, o es un tema del uso inadecuado de la instrumentación. Pueden ser ambos factores y queda la sensación de una decadencia profunda en el liderazgo y también, como que la experiencia acumulada no fuera el sustrato de las políticas de estado en los países acostumbrados al dominio.

La tensión internacional surgida de los conflictos localizados en Ucrania, Crimea, como los que afectan a Siria, Corea del Norte, Irán y Venezuela, responde a procesos y acuerdos no resueltos desde la Segunda Guerra Mundial. El principal problema subyace en la matriz de expansión y supremacía que prevalece en la Alianza Trasatlántica liderada por Estados Unidos.

Estos focos de tensión internacional forman parte de enclaves estratégicos sobre los cuáles Estados Unidos y la Alianza Trasatlántica han perdido influencia creándose así en asesores y gobernantes de turno, una suerte de paranoia internacional digna de un diván psicoanalítico. Ni China ni Rusia están en condiciones, ni han demostrado interés explícito en disputar ese tipo de supremacía expansiva en lo territorial y avasallante en lo cultural.

La Carta de Naciones Unidas es inequívoca en este respecto. Las ambiciones hegemónicas en el plano que sea, son contrarias a ese objetivo y que hoy día se palpa en los conflictos señalados.

La tensión entre Estados Unidos y Rusia en torno a Ucrania y Crimea que acapara la atención mundial es el resplandor de muchos nudos no resueltos siendo el más distintivo el que afecta al mundo Árabe.

Es bueno colocarlo como ejemplo paradigmático porque desde el fin de la Segunda Guerra Mundial ha pasado más de medio siglo, y ese inmenso territorio que se extiende desde el norte de África, pasando por el Oriente Medio hasta los países del Asia Central, ha estado expuesto por sus recursos y su historia a ser el gran botín en la geopolítica moderna y en consecuencia no ha tenido paz.

Al centro de la madeja subyace el reconocimiento del estado de Israel en 1948 por Naciones Unidas y la expulsión de más de la mitad de la población, una mayoría de árabes, que ocupaban las cuatro quintas partes del territorio. El hecho produce un contrasentido histórico único convertido en una permanente agresión a la racionalidad política. Esa misma comunidad internacional que contribuía a fundar un nuevo estado, no cumplía con la misión de formar el estado Palestino.

Los que tomaron la decisión no anticiparon que se abría una profunda herida en el mundo Árabe y en aquellas naciones sometidas a injusticias. Tampoco vislumbraron que con el despojo territorial se instalaba el germen de una tensión internacional permanente. Fenómenos como las guerras en Afganistán, Irak y el Líbano, la actual intervención Siria, el rechazo aliancista al desarrollo nuclear en Irán, se deben analizar en la perspectiva histórica del despojo territorial al pueblo Palestino.

La tensión internacional en torno a Ucrania y Crimea responde a la misma matriz de búsqueda de expansión de la Alianza Transatlántica, a la que han estado expuestas las naciones Árabes. Los antecedentes demuestran que Estados Unidos desde el fin de la segunda guerra, ha manejado sus asuntos internacionales bajo supuestos más ligados a la necesidad de dominar que a la obligación de contribuir a un orden mundial equilibrado y más igualitario. Poca duda cabe que la desprogramación del mundo bipolar post guerra fría no ha sido asimilada por Estados Unidos y la Alianza Transatlántica. Más bien se niega a implementarla porque se siente más protegido y puede operar con mayor diligencia con la unipolaridad y el unilateralismo.

La declaración pública del grupo de los G-7, es fiel reflejo de ese fenómeno y más bien parece un escrito de universitarios de pre-grado –con todo el respeto al estudiante- que participan en un juego de simulación sobre crisis internacional. El escrito de las siete potencias aliancistas está desprovista de la más mínima dosis de realismo particularmente en lo que se refiere al origen primario de la actual tensión. Es como una agresión al público medianamente informado.

La estabilidad internacional pareciera estar cada vez menos asegurada y la ausencia de ese supuesto nuevo orden es el germen del estado de beligerancia que prevalece. La implantación de una globalización sin pactos políticos y sociales ha sometido a la mayor parte de la población del planeta a un atolladero económico y social. Al observar esta crisis y la contracción analítica del debate sesgado -en donde se confunde la opción con el diagnóstico-, la cooperación internacional para salir de ese atolladero se divisa como una quimera.

En un escenario cada vez más inescrutable surgen las interrogantes de siempre. ¿Hasta cuando, y cuanto, hay que continuar pagando por el pasado? ¿Quién coloca los términos éticos en política?

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