Marco Sifuentes.

 

Cada vez son más frecuentes las noticias de algún tipo de delincuencia que usa las redes como instrumento de sus acciones. Hace unos días fueron los saqueos a centros comerciales, convocados en Facebook. Esta semana ha sido el chico que les pedía 10 soles a escolares mandándoles fotos de su pistola por inbox. ¿Tienen algo en común? Sólo algo que no terminamos de entender y al que, por eso, le atribuímos características casi místicas: Internet.

Sobre los saqueos entrevisté en En Contacto, de ATV+, a Tito Castro, periodista y antropólogo especializado en temas de juventud. Castro explica que el fenómeno de los saqueos es similar, una copia, más bien, al de los “rolezinhos” brasileños. Jóvenes de las favelas se daba un “paseíto” por centros comerciales, saqueando lo que pudieran a su paso. Son turbas del segmento socioeconómico C, que tienen satisfechas sus necesidades básicas, pero no sus ansias consumistas. Son jóvenes globalizados gracias a Internet y que, por eso mismo, tienen expectativas globales. “Queremos más Adidas” podría ser su grito de guerra. La ONU los llama “delitos aspiracionales”. Para Castro, es un fenómeno similar al de los grandes disturbios londinenses del 2011, también organizado mediante la tecnología (en ese entonces, mediante el chat del Blackberry) por un sector económico de clase media baja.

Un televidente preguntó el lunes cuánto de aspiracional tienen estos rolezinhos peruanos (hay varios con convocatoria pendiente) si es que existen, también, páginas de Facebook que abiertamente convocan a piques ilegales (“todos los miércoles y jueves 12.30 am entre Ate y La Molina”). “Es la versión pituca de los saqueos”, decía en su inbox. Creo entender, por el tono de su correo, que no creía en la tesis de la mímesis de los rolezinhos. Y, sin embargo, sí, estas convocatorias de saqueos y de piques son fenómenos parecidos.

Los piques también son aspiracionales. Una moda global representada en películas y videos de YouTube. Los jóvenes (y no tan jóvenes) aficionados a estos piques no saquearían un mall por un iPad o un par de zapatillas. Pertenecen a otro sector socioeconómico. Pero sí son capaces de romper las leyes y arriesgar vidas para ganar algo de status. Y, además, usan las redes para sus convocatorias. Gracias a Internet, ahora más que nunca es fácil formar una tribu urbana. Y eso va desde los más inocuo hasta lo ilegal. Desde las fanáticas del K-pop hasta los saqueos y los piques. Estos últimos, convocados con toda la confianza de que las redes son tierra de nadie.

Esa sensación de impunidad es la misma que lleva a depredadores sexuales a las redes o la que hace que los sicarios se ofrezcan en Facebook o que ese chico haya “asaltado” usando tan sólo una foto de su arma.

Este no es, en absoluto, un llamado a la sobrerregulación de las redes o darle más chamba a @PolicíaChévere. En realidad, es todo lo contrario. Luchar contra el anonimato en las redes es una causa no sólo perdida, sino descarriada. Evidentemente, la policía debe “patrullar” Internet y estar capacitada para detectar el origen de ciertas comunicaciones. La sociedad tiene que entender que lo que sucede en Internet tiene las mismas consecuencias que lo que sucede en el mundo real. Los delincuentes deben pagar por los delitos cometidos en las redes. Y en el mundo real, los policías no pedirían DNI en cada cuadra a cada ciudadano. Lo mismo tampoco debe ocurrir en las redes. Internet es un mundo nuevo pero no distinto.

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