Maria Corina Machado

 

La conquista de la democracia, por María Corina Machado
MARÍA CORINA MACHADO

Diputada venezolana

Hasta hace un par de meses el mundo creía que los venezolanos estábamos resignados y aterrorizados ante la destrucción acelerada de nuestra economía, nuestras instituciones y nuestra democracia. El crimen desatado –25 mil homicidios en el 2013, con más de 95% de impunidad– y las interminables colas de mujeres para comprar desde leche hasta papel higiénico, con brazos marcados cual animales, asombran a quienes saben que Venezuela vive la mayor y más prolongada bonanza petrolera de su historia.

Por años se ha pretendido atribuir la sistemática destrucción del empleo privado y de la capacidad productiva (dependemos de las importaciones para comer y hasta para satisfacer la demanda interna de gasolina) a la incompetencia y corrupción del régimen chavista. Desde luego, de ello hay en extremo; pero es indispensable entender que imponer un régimen de dominación requiere de una sociedad totalmente dependiente del Estado, para controlarla económica, política, social y aun espiritualmente. Es clara la aseveración de la Conferencia Episcopal Venezolana al afirmar, en comunicado del 3 de abril, que detrás del Plan de la Patria “se esconde la promoción de un sistema de gobierno de corte totalitario”.

Los órganos del Poder Público han sido cooptados por sectores militares-militaristas y asaltados por el régimen cubano, que ha infiltrado desde el sistema de identificación ciudadana, notarías, registros mercantiles, ministerios y cuerpos de espionaje hasta las Fuerzas Armadas. El régimen cubano necesita a Venezuela tanto como Maduro su tutelaje. El “regalo venezolano” de 12.000 millones de dólares anuales así se paga.

La dictadura creyó apaciguado el espíritu democrático de los venezolanos. Pero los estudiantes tomaron la calle. Entendieron que al cerrársele a la sociedad democrática las vías institucionales y asfixiarse la posibilidad de informarse y hacerse escuchar, mediante la censura y la autocensura, solo le queda insurgir, mediante la movilización cívica y la protesta pacífica.

El llamado de nuestros jóvenes a la conciencia ciudadana tuvo una respuesta masiva e inmediata. En pueblos y ciudades brotó una movilización sin precedentes en nuestra historia. El clamor trascendió las reivindicaciones económicas y sociales, estableciendo una conexión directa entre las causas de nuestra desgracia y su solución política. Se trata de la dignidad humana y nacional, de la justicia, de la libertad.

Ante el crecimiento de esta fuerza ciudadana, el régimen desencadena la más brutal represión mediante grupos paramilitares fuertemente armados, alineados con la Guardia Nacional y la Policía Nacional Bolivariana. En cadena informativa nacional, el 5 de marzo, Nicolás Maduro ordenó activarlos de inmediato para “apagar todas las candelitas” de protesta. En más de diez estados manifestantes pacíficos fueron atacados.

En nuestro corazón permanecerán la imagen de Génesis Carmona, joven de 23 años herida de muerte en la cabeza, en brazos de un compañero estudiante, y las palabras de Carmen González junto a su hijo asesinado en San Cristóbal, rogándonos que no le diéramos el pésame, que no lloráramos, que siguiéramos luchando.

En San Cristóbal, Caracas, Barquisimeto, Valencia, Maracaibo, Puerto Ordaz, efectivos de la Guardia Nacional han violado decenas de hogares para apresar manifestantes protegidos por los vecinos y ciudadanos indefensos. Hasta hoy, 42 venezolanos han sido asesinados, más de 650 heridos, 2.418 detenidos. Hay más de 70 denuncias formales de ciudadanos torturados cruelmente, con descargas eléctricas, rociados de gasolina, golpeados brutalmente y hasta violados. Muchos agraviados lo han denunciado ante jueces y fiscales instalados en cuarteles militares donde estaban secuestrados.

La persecución política tiene un referente en Leopoldo López, líder fundamental de las fuerzas democráticas, víctima de un juicio sumario y aislado como prisionero de guerra en una cárcel militar. Dos alcaldes fueron condenados por la Sala Constitucional, destituidos y presos, acusados de negarse a reprimir la protesta ciudadana. Como diputada nacional, ejercí mi derecho y cumplí mi deber denunciando en la OEA tales violaciones de los derechos humanos. Por ello fui acusada de traición a la patria y expulsada de la Asamblea Nacional, por orden de su presidente, Diosdado Cabello, en grotesca violación de la Constitución. Se desconoció mi inmunidad parlamentaria y mi derecho a la defensa. Un diputado oficialista afirmó que merezco la pena de muerte.

Nos duele a los venezolanos la indiferencia de gobiernos democráticos de América Latina frente al avance totalitario del régimen. Intereses económicos, afinidades ideológicas y objetivos geopolíticos han impedido invocar la Carta Democrática Interamericana; aunque fue diligentemente aplicada en las crisis de Honduras y Paraguay. Ante el avance totalitario, la indiferencia internacional es complicidad. Pero ciudadanos, parlamentarios, artistas, deportistas e intelectuales del mundo llaman las cosas por su nombre: en Venezuela hay una dictadura.

Maduro ha cruzado la línea roja; los jóvenes venezolanos le arrancaron la máscara pseudo-democrática y desnudaron la naturaleza totalitaria y represiva de un régimen dispuesto a todo para conservar el poder.

Venezuela vive una crisis política mayor que solo podrá resolverse con reformas sustantivas en una transición democrática. Nuestra Constitución contempla diversos mecanismos para formalizar el cambio político. Todos requieren una firme, masiva y pacífica movilización ciudadana.

El pueblo peruano ha sido nuestro firme aliado. En Lima nació el primer Grupo de Amigos de Venezuela, integrado por políticos, intelectuales y ciudadanos, solidarios con nuestra lucha democrática. El Congreso peruano ha expresado su apoyo a la democracia venezolana. Parlamentarios del Perú me acompañaron de regreso a Venezuela cuando el capitán Cabello, presidente de la Asamblea Nacional, me acusó de traición a la patria y fui amenazada con la cárcel. Venezuela estará siempre agradecida.

Hoy enviamos un mensaje a los pueblos latinoamericanos: como hace doscientos años, los venezolanos lucharemos hasta vencer, hasta recuperar la libertad, la democracia y restablecer la dignidad nacional.

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