Enemigos de la Democracia,

 

Los enemigos íntimos de la democracia
Rubén Aguilar Valenzuela | Domingo, 16 Noviembre 2014

Reseña del libro de Tzvetan Todorov, en el que analiza el impacto del populismo, el ultraliberalismo y el mesianismo como enemigos de la democracia.

Todorov ofrece una reflexión que se articula en siete capítulos. En el primero, Malestar en la democracia, plantea las actuales paradojas de la libertad. Describe cuáles son los enemigos internos y externos de la democracia y cómo es acechada por la desmesura. Dice que en algún momento pensó que el valor máximo de la democracia era la libertad, pero que “con el tiempo me di cuenta de que determinados usos de la libertad pueden suponer un peligro para la democracia”.

Después de la caída del comunismo, afirma Todorov, no hay ningún sistema político que amenace a la democracia, pero “en contrapartida, la democracia genera por sí misma fuerzas que la amenazan, y la novedad de nuestro tiempo es que esas fuerzas son superiores a las que la atacan desde fuera. Luchar contra ellas y neutralizarlas resulta mucho más difícil, puesto que también ellas reivindican el espíritu democrático, y por lo tanto parecen legítimas”. Estos enemigos son: el populismo, el ultraliberalismo y el mesianismo.

En el segundo capítulo, Una antigua controversia, Todorov plantea la disputa doctrinal entre san Agustín y Pelagio. Para el primero la persona, al ser humana, no puede confiar de su voluntad y salvarse por sí misma, pero la salvación es posible si renuncia a la aspiración de una mayor autonomía. El segundo plantea que al ser la persona concebida a imagen de Dios dispone de la libre voluntad y tiene abierto el camino para salvarse a partir de sus propios medios. Para el autor esta controversia, clave en la definición del cristianismo, un Concilio da la razón a san Agustín, sigue presente en la actualidad. A partir de este debate se adentra en un recorrido por el origen y el desarrollo de las escuelas humanistas, defensoras de las posibilidades y capacidades humanas.

El mesianismo político, el capítulo tres, es un análisis de la génesis de la Revolución Francesa y Todorov afirma que “como los pelagianos, los revolucionarios piensan que no debe ponerse la menor traba a la progresión infinita de la humanidad”. Eso es lo que lleva a que la Revolución degenere en terror. No sólo la francesa sino todas las que han existido. En el momento que la Revolución reivindica los ideales de igualdad y libertad surge el “mesianismo político” que se propone construir el paraíso en la tierra a través de cualquier medio, incluido el terror. El autor asegura que “en su búsqueda de una salvación temporal, esta doctrina no reserva un lugar a Dios, pero conserva otros rasgos de la antigua religión, como la fe ciega en los nuevos dogmas, el fervor en sus acciones y en el proselitismo de sus fieles, y la conversión de sus partidarios caídos en la lucha en mártires, en figuras a adorar como santos”.

Todorov distingue tres oleadas en el mesianismo: 1) Exportación de la revolución francesa, por la fuerza de las armas, a otros países, en una “cruzada por la libertad universal”; 2) El proyecto comunista que Marx y Engels plantean en su Manifiesto que formula el sueño de una sociedad perfecta, común a todas las personas, a través de la lucha de clases; 3) Establecer la democracia a la fuerza, línea seguida a partir del derrumbamiento del bloque socialista en Europa, en la recta final del siglo XX.

El autor realiza una síntesis histórica de cada oleada. Se extiende en la tercera, la actual, que según él se caracteriza por “imponer la democracia con bombas”. Critica el enfoque de las potencias occidentales en conflictos bélicos como los Balcanes, Irak, Afganistán y Libia. Analiza los grandes costos ocasionados por esta manera de ver y actuar que produce un resultado inverso al esperado. Es escéptico de las decisiones tomadas por la ONU que otorga tratos distintos a los países.

En el cuarto capítulo, La tiranía de los individuos, Todorov reflexiona sobre la amenaza que supone para la democracia el individualismo desmedido. Dice que “el neoliberalismo comparte también con el marxismo la convicción de que la vida social de los hombres depende básicamente de la economía. Ya no se trata de aislar la economía de las demás actividades humanas, sino de atribuirle un papel dominante”. El neoliberalismo es la contraparte al colectivismo, pero los dos deben ser objeto del rechazo social.

Sostiene que el ultraliberalismo es “la nueva vulgata, el Estado sólo debe intervenir para favorecer el libre funcionamiento de la competencia, engrasar los engranajes de un reloj natural (el mercado), allanar los conflictos sociales y mantener el orden público. Su papel consistiría no en limitar, sino en facilitar el poder económico”. Ofrece argumentos contra la doctrina extremista que propone la total inhibición del sector público en la economía. Si bien sus temores tienen fundamento también hay que ser consciente que, en los hechos, la gran mayoría de los países desarrollados el gasto público representa la mitad del PIB. Así, ahora parece difícil hablar de una economía pura de mercado.

En Los efectos del neoliberalismo, el quinto capítulo, Todorov sostiene que el accidente de 2011 en la central nuclear de Fukushima es ejemplo de los efectos del neoliberalismo, por falta de una regulación pública más exigente. Analiza también las modificaciones que, según él, han tenido lugar en relación a la concepción y práctica del trabajo. Afirma que “las técnicas de management deterioran la vida social y psíquica de las personas a las que se aplican, pero sólo mejoran marginalmente los resultados de las empresas. Trasladadas al mundo de la administración, esas técnicas no son mucho más eficaces”.

En el capítulo analiza el papel que juegan los medios de comunicación que pueden llegar a manipular la opinión pública y pervertir el funcionamiento de la democracia. En su visión “la libertad de expresión es muy valiosa como contrapoder, pero como poder debe limitarse”. Reflexiona también sobre la tiranía de sólo el Estado o sólo el individuo y afirma que “nada nos obliga a elegir entre ‘todo Estado’ y ‘todo individuo’. Tenemos que defender ambos, y que cada uno limite los abusos del otro”. Todorov se pronuncia por un enfoque que articula las tesis de Pelagio y de san Agustín: se debe fomentar la libertad de las voluntades individuales, pero también deben tener un límite, no derivado del “pecado original”, sino del “interés común”.

El sexto capítulo, Populismo y xenofobia, aborda los peligros del populismo y la xenofobia. Todorov disecciona la lógica de ambos discursos. Plantea que “los demagogos se niegan a admitir ese principio fundamental de la política, que dice que todo logro tiene un precio”. Argumenta bien cómo la crisis de la identidad tradicional de los ciudadanos autóctonos de los países europeos no ocurre, como algunos lo sostienen, por la presencia de extranjeros, sino por el avance imparable del individualismo y el acelerado proceso de la globalización. En su visión la desaparición del papel tradicional de la familia, como ente regulador, es un factor que favorece al populismo. Ofrece su punto de vista sobre el multiculturalismo. Él está por la vigencia de la ley. Todo lo que la viole debe ser prohibido y castigado, pero las costumbres de los extranjeros que no la infringen se deben permitir.

El futuro de la democracia es el séptimo y último capítulo, propone que el régimen democrático exige articular y equilibrar varios principios distintos; de ahí su fuerza y debilidad. Todorov se declara partidario de buscar “el remedio a nuestros males en una evolución de la mentalidad que permitiera recuperar el sentido del proyecto democrático y equilibrar mejor sus grandes principios: poder del pueblo, fe en el progreso, libertades individuales, economía de mercado, derechos naturales y sacralización de lo humano”.

El autor dice que el propósito de este libro “no es proponer remedios o fórmulas magistrales, sino ayudar a entender mejor el tiempo y el espacio en los que vivimos”. Las ideas de Todorov articulan el análisis de la coyuntura con la gran teoría. Eso pienso es lo más original de la obra del nacido búlgaro y nacionalizado francés. Muchas de sus valoraciones y toma de postura sobre ciertos temas se prestan a discusión. Él, de manera abierta, ofrece sus argumentos.

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