Opinion de Alejandro Tudela hijo.

Alejandro Tudela Chopitea
Hace menos de un mes, leíamos que un Tribunal de Buenos Aires agregaba una nueva condena a cadena perpetua, esta vez a los responsables del secuestro, tortura y desaparición junto con su familia de un gran historietista argentino, otra de las miles de víctimas de la última y genocida dictadura militar que asoló a ese país entre 1976 y 1983. No llegábamos a digerir cómo un artista de la pluma podía ser enemigo del “sistema de vida occidental y cristiano” y reo de muerte de esa dictadura, hasta que la masacre de los caricaturistas y periodistas del irreverente semanario parisiense Charlie Hebdo (CH) por mano de terroristas islamistas terminó de abrirnos los ojos por si falta hacía. Para los fundamentalistas e intolerantes de cualquier religión o ideología, no hay nada más peligroso que el libre pensamiento y de expresión, y si es con ironía y sarcasmo peor aún. George Orwell, el célebre escritor inglés manifestaba que “si la libertad significa algo, es el derecho a decir lo que la gente no quiere oír”, y añadiríamos o ver o aceptar.

El atroz crimen perpetrado para silenciar a un medio de prensa que satirizaba gráficamente por igual a tirios y troyanos de este mundo, evidencia, sin embargo, que los horrores que desde hace meses cometen las hordas yihadistas –llámese, Al Qaeda, Estado Islámico o cualquier otra organización terrorista emparentada–, no se detendrán en los supuestos territorios que pretenden “liberar de los cruzados impíos”, sino que todo rincón o casa del planeta que ose criticarlos o combatirlos se encuentra amenazado por su fanatismo.

En esta lucha entre la libertad de las ideas y la intolerancia, es vital separar la paja del trigo. Una cosa son los millones de musulmanes que practican la religión de Alá y Mahoma su profeta y otra es esta gavilla de islamistas extremistas y radicales que deben ser perseguidos y condenados internacionalmente. Lo que nos lleva a no dejar de sorprendernos por la poca eficacia del poder de policía y cooperación de las democracias occidentales en esta materia. Hace poco, Australia sufrió la vesania asesina de un yihadista prontuariado que andaba libre como Pedro por su casa, y dos de los criminales autores de la matanza de los dibujantes y periodistas de CH estaban fichados por EE.UU. como sospechosos de actividades terroristas y Francia que ya había sentenciado a uno de ellos no mantuvo la vigilancia adecuada. Ante tanto dolor causado, la buena noticia es que CH sigue vivo. ¡Amén!

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